Retomando el tema de la tecnología, causa gran incertidumbre el pensar que todos los avances logrados no necesariamente nos facilitan tanto las cosas. Por el contrario, las tecnologías nacientes nos obligan a necesitarlas y para obtenerlas debemos pagar altos precios, que para peor, ni siquiera se pagan sólo una vez, sino que debemos ir renovando la tecnología cada cierto tiempo. Esto también, es algo que nos es “obligado” a hacer. La verdad de las cosas es que los realizadores de tales tecnologías, manejan desde hoy aquellas que nos van a vender en el futuro. La clave de su éxito está en ir lanzando poco a poco cada mini avance que se realiza, sacando modelos con poca diferencia entre ellos, para que los antiguos caduquen pronto y nos sintamos obligados a comprar el nuevo y más moderno. Esto sucede con cámaras fotográficas, videocámaras, computadores, reproductores de música, de DVD, televisores, y así sigue una larga lista, que incluye productos de belleza y otros fáciles de vender. Nos damos cuenta, por lo tanto, que todos estos avances tecnológicos parecen existir sólo para hacernos comprarlos. Todos los días inventan cosas nuevas para vendernos, “pastas dentífricas, con un 0,001% más de efectividad, todo comprobado por científicos”, científicos que fueron pagados especialmente para dar esos resultados. La publicidad que avala todos estos productos es inmensamente invasiva, y molesta por lo demás, ya que estoy segura que si hiciéramos una encuesta respecto a si a la gente le gusta ver su ciudad repleta de letreros colorinches, incitándonos a gastar nuestro dinero en cosas que seguramente ni siquiera necesitamos, la respuesta sería no. Y es que, ¿realmente trabajamos (muchísimo) más de 8 horas diarias, para gastarnos nuestra platita en pelotudeces que nos “dicen” que debemos comprar? La gente ya está endeudada hasta las patas por culpa de eso. Considerando lo anterior, es importante también recalcar que quienes se endeudan son en su mayoría personas quienes no tienen el dinero suficiente para pagar aquello que compran a plazo y que los hace endeudarse. Entonces, ¿por qué alguien que a duras penas puede mantener a su familia alimentándose bien, y que se sobre esfuerza día a día para lograrlo, se endeudaría para comprar un televisor plasma, último modelo, o no sé qué? ¿No es más importante acaso asegurar el futuro de nuestros hijos, la alimentación y educación de nuestra familia, y mantener un hogar digno y en buen estado? Si alguien ha tenido alguna vez la experiencia de ir a un barrio pobre, donde las casas con suerte tienen suelo, se habrán dado cuenta que en muchos de esos hogares tienen televisores de ultima tecnología, muchísimo más modernos del que tengo yo al menos, y así también equipos de música, y hasta sky en algunas casas. ¿Cómo es esto posible? Lamentablemente, para las grandes empresas, aquellos que son más susceptibles a responder ante sus publicidades, son aquellos con menos recursos, y por ende, en su mayoría, menos educación. Según la encuesta CASEN (Encuesta de Caracterización Socioeconómica), del 2006, el estrato de más bajos ingresos en Chile destina aproximadamente el 60 por ciento de sus ingresos a cancelar deudas, las que corresponden principalmente a tarjetas de crédito. El aumento de la posesión de tarjetas de crédito no bancarias ha aumentado al punto que en promedio existen unas 3,5 tarjetas de crédito por persona en el país. Hoy en día más de un 30 por ciento de las transacciones realizadas se hacen a través de tarjetas de crédito. Y es que no es ninguna sorpresa, ya que podemos ver diariamente cómo prácticamente se regalan tarjetas de tiendas comerciales en las calles. El problema está en que la tasa de interés que se cobra llega casi al 50%, sin contar el costo de mantenimiento. Esto asegura un aprisionamiento por parte de las empresas hacia sus clientes, que ven en las tarjetas la única posibilidad de comprar aquellas cosas que de otro modo, pagando en efectivo por ejemplo, no podrían costear. Así, la gente se endeuda cada vez más, comprándolo todo a plazo y manteniendo una deuda eterna con las tiendas. Somos todos esclavos del consumo indiscriminado, pues la verdad es que la mayoría de las cosas que compramos son luego desechadas, ya sea por falta de uso, porque pasan de moda o quedan obsoletos en tecnología, o porque simplemente las mismas fábricas que se han encargado de fabricarlas lo han hecho con la intención de que luego de cierto tiempo éstas caduquen para tener que comprarlas nuevamente. Aunque a algunos esto pueda parecerles no del todo cierto, para mí hay un pensamiento que siempre me hace sospechar de las “fallas” en los productos que consumimos y es la siguiente: “si el hombre pudo llegar a la Luna, puede mandar sondas a Marte, puede hacer aviones y edificios inmensos… ¿cómo no va a poder crear computadores, radios o inclusive ropas, que resistan al menos un buen tiempo?”. Personalmente creo que sí puede, sólo que no quiere. Esto se hace claramente con la intención de vender, vender y vender. A aquellos que tienen el poder poco les importa de las reales necesidades de la gente, sino, ¿por qué entonces habiendo tanto dinero y recursos en el mundo, éstos no se han utilizado para acabar con la pobreza y el hambre? Porque de que alcanza, alcanza; eso todos lo sabemos. La razón, es que prefieren ocupar todos los recursos de la tierra, que patudamente creen poder “comprar”, para después hacer productos vendibles. Qué lamentable.
Lo que personalmente considero más triste sobre nuestra sociedad actual, es cómo elegimos despojarnos de todos los conocimientos ancestrales, siendo tan ciertos, para adoptar este nuevo estilo de vida en el que al parecer está de moda no saber hacer absolutamente nada por nosotros mismos. Comprar todos los alimentos empaquetados, beber agua de la llave – o de la botella-, ir al doctor por cualquier cosa, comprarlo absolutamente TODO en el supermercado, ir al gimnasio… ha provocado que la gente se extrañe de lo que es natural. ¿Por qué pagar para ir al gimnasio, si es haciendo nuestras propias labores como debiéramos ejercitarnos? ¿Por qué pagar en exceso por cosas tan pero tan gratis como son los frutos que nos entrega la tierra? Hay gente que hasta se sorprende cuando alguien comenta que hacen el pan en casa, o que tienen un huerto. Yo me pregunto qué pasaría si mañana hubiese una catástrofe mundial que nos despojara de toda comodidad y debiéramos buscar alimento y agua con nuestras propias manos e ingenio. A ver de qué nos serviría saber ocupar el Ipod en esos casos. Qué clase de padres podemos ser si no sabemos enseñar a nuestros hijos a hacer cosas. ¿Les vamos a enseñar acaso cómo utilizar la tarjeta de crédito? Les enseñamos, en cambio, que sea cual sea su profesión, deben utilizarla para ganar dinero. Quedan pocos doctores ya que sienten su vocación como una forma de ayudar a otros, y así también abogados, ingenieros, hasta artistas. En vez de continuar con esta farsa construida a base de ambición y consumismo, quizás deberíamos comenzar a vivir la vida como fue planeada para nosotros desde que se creó el mundo. Contemplar los bellos paisajes naturales, ir a comprar al kiosco de la esquina en vez del LIDER o el JUMBO, ayudar y compartir con los demás aceptando la ayuda y generosidad de otros, disfrutar con la familia en vez de estar pegados al computador o trabajando estresados, vivir con lo justo para que otros también puedan vivir. ¿Es tanto el apego a las cosas materiales, que pensamos realmente que eso es lo que nos hace felices? Si buscan en lo más profundo de su corazón y de sus recuerdos, probablemente se encontrarán con que lo que más los ha hecho felices no tiene nada que ver con dinero ni posesiones.
Entonces, ¿por qué no cambiar? ¿Por qué no dejamos de ser tan débiles de mente como para convencernos de todo lo que la televisión nos vende? ¿Por qué no conformarse con la belleza de la vida, en vez de estar todo el tiempo pensando en un futuro mejor? Que cuando sea más flaca, que cuando tenga más plata… Bullshit. El futuro depende de nosotros y el presente también. Yo por mi parte, ya me cansé. Quiero empezar a vivir y vivir bien.
Ojalá que logre contagiarlos.




